En la noche del 5 al 6 de julio de 2023, el barrio de Lignon, en Vernier, quedó marcado para siempre. Un incendio iniciado en los sótanos de un edificio terminó con la vida de una mujer de 28 años y de su hijo de 13. Murieron en la escalera, intentando huir. No por las llamas directamente, sino por una intoxicación aguda de monóxido de carbono, en un entorno extremo, con temperaturas cercanas a los 200 grados, humo denso y gases calientes. Las cámaras de vigilancia fueron clave. En ellas se ve a un vecino entrar en los sótanos. Es el principal sospechoso. Fue detenido el 18 de julio de 2023 y esta semana ha comparecido ante el Tribunal penal de Ginebra. Tiene hoy 60 años, es de nacionalidad portuguesa y está acusado de doble homicidio por dolo eventual y de incendio intencionado. Según la acusación, primero prendió fuego en un sótano del número 60 y, minutos después, a un montón de residuos en la parte trasera del edificio. Aunque el caso no es comparable técnicamente con el reciente incendio del bar Le Constellation en Crans-Montana, el recuerdo estaba presente en la sala. El ministerio público fue claro: una tragedia no debe tapar a la otra. Aquí no se trata de juzgar con emociones, sino de hechos y responsabilidades. Quince años de prisión solicitados La fiscalía pide quince años de cárcel, tratamiento ambulatorio y expulsión del territorio suizo. El propio fiscal lo reconoció: es una pena dura. Pero recordó algo evidente. El incendio ocurrió de noche, en un edificio habitado, y cualquiera sabe lo que puede pasar cuando se prende fuego en esas condiciones. El riesgo era evidente y fue asumido. Durante la vista, el acusado permaneció distante, casi ausente. Vestía un chándal de la selección portuguesa y apenas hablaba, susurrando respuestas al traductor. Viene de una familia muy numerosa, trabajó años en la construcción en Ginebra hasta sufrir un accidente. Vive desde hace tiempo en un hogar, no sabe leer ni escribir, tiene problemas con el alcohol y, según los peritos, presenta una discapacidad intelectual leve. Se le describe como impulsivo, a veces explosivo, pero también como alguien amable. Nada de eso borra los hechos. “No soy culpable”, repite El acusado niega toda implicación. Dice que bajó al sótano porque la puerta estaba abierta y había luz, que solo quiso mirar. Asegura que él también lo perdió todo con el incendio y que sufre por algo que no hizo. Pero para la acusación y las partes civiles no hay duda. El abogado de la fundación propietaria del inmueble lo dijo sin rodeos: la única persona que entra en los locales es él. No hay más. El dolor que no se apaga Las dos hermanas de la víctima declararon protegidas por un panel, para no ver al acusado. Hablaron con una dignidad que ponía un nudo en la garganta. Las tres habían huido de Afganistán y encontraron refugio en Suiza. Venían buscando una vida mejor. Perdieron a su hermana pequeña y a su sobrino, al que consideraban como un hijo. Una de ellas lo resumió en una frase casi inaudible: no sabía que el futuro podía ser aún más triste. Este martes fue el turno de la defensa. El veredicto se espera antes de que termine la semana. Más allá del resultado, este caso deja algo muy claro. En Suiza, prender fuego no es un acto banal. Cuando alguien asume un riesgo evidente y ese riesgo mata, las consecuencias son reales, graves y duraderas. Para las víctimas, para sus familias y también para quien se sienta en el banquillo.
Incendio mortal en Vernier. Cuando el riesgo se asume y alguien muere
En la noche del 5 al 6 de julio de 2023, el barrio de Lignon, en Vernier, quedó marcado para siempre. Un incendio iniciado en los sótanos de un edificio terminó con la vida de una mujer de 28 años y de su hijo de 13.