La tragedia con decenas de víctimas ha removido muchas conciencias. No solo por lo ocurrido en sí, sino porque ha pasado en un país que durante años se ha presentado como un modelo casi intocable de seguridad y control. Y ahí es donde el discurso cambia. Suiza tiene muchas cualidades. Organización, estabilidad, normas claras, servicios que suelen funcionar bien. Todo eso sigue siendo cierto. Pero no es un país infalible. También aquí se cometen errores, hay fallos de control y decisiones que, vistas con perspectiva, no fueron las correctas. Lo que ha vuelto con fuerza tras esta tragedia son las críticas constantes desde Italia. No es nada nuevo. Cada vez que ocurre algo grave en Suiza, parte de la prensa italiana se lanza a cuestionar el “mito suizo”, a veces con razón, otras con bastante oportunismo. Algunos señalamientos son legítimos. Cuando hay víctimas, las preguntas son necesarias. Pero también hay un componente de comparación permanente, casi obsesiva, como si demostrar que Suiza falla sirviera para equilibrar complejos o desviar miradas de problemas propios. La realidad es más simple. Suiza no es perfecta, Italia tampoco y ningún país lo es. La diferencia suele estar en cómo se afronta lo ocurrido después. Aquí los procesos son más discretos, menos teatrales, más lentos. Eso no significa que todo se haga bien, pero sí que se suele llegar hasta el fondo, aunque no sea inmediato. Idealizar Suiza es un error. Atacarla sistemáticamente desde fuera, también. Lo sensato es asumir que es un país con muchas virtudes y con fallos reales. Y que solo reconociendo esos fallos se puede evitar que tragedias así se repitan.
Suiza no es perfecta. Y las críticas desde fuera tampoco son nuevas
La tragedia con decenas de víctimas ha removido muchas conciencias. No solo por lo ocurrido en sí, sino porque ha pasado en un país que durante años se ha presentado como un modelo casi intocable de seguridad y control.