El cansancio que nadie quiere ver en Suiza

En noviembre, la RTS publicaba un dato que debería hacernos parar un momento: cerca del 40 % de los empleados en Suiza dicen terminar la jornada laboral exhaustos. No cansados de un mal día. Exhaustos de forma regular.

En noviembre, la RTS publicaba un dato que debería hacernos parar un momento: cerca del 40 % de los empleados en Suiza dicen terminar la jornada laboral exhaustos. No cansados de un mal día. Exhaustos de forma regular. Y no, no estamos hablando de cuatro despistados ni de gente que no quiere trabajar. Hablamos de un país que presume de eficiencia, de horarios claros, de equilibrio y de calidad de vida. Precisamente por eso el dato incomoda. Aquí el problema no es solo el número de horas. Es la suma de pequeñas cosas que se han normalizado. Estar siempre disponible. Contestar mensajes fuera de horario. Alargar jornadas porque “aquí se hace así”. No desconectar nunca del todo, ni siquiera en casa. Muchos no están oficialmente en burnout. No hay baja médica, no hay diagnóstico. Pero viven en una especie de agotamiento permanente que se acepta como parte del juego. Y eso es lo preocupante. Porque cuando el cansancio se convierte en norma, deja de sonar la alarma. Lo más irónico es que, al mismo tiempo, la mayoría dice estar satisfecha con su trabajo. Suiza en estado puro. Todo funciona, todo está en orden… pero cada vez más gente va justa por dentro. Para quienes venimos de fuera, esto además tiene un efecto añadido. Queremos hacerlo bien. Integrarnos. No fallar. Aguantamos más de la cuenta porque pensamos que es lo normal aquí. Y a veces no lo es. No se trata de dramatizar ni de decir que Suiza es un infierno laboral. No lo es. Pero tampoco es ese reloj perfecto donde nadie se cansa. El agotamiento existe, está ahí, y mirarlo de frente también forma parte de cuidarse. Porque trabajar duro no debería significar vivir agotado. Y menos en un país que puede permitirse hacerlo mejor.