Lo ocurrido en Crans-Montana ha vuelto a poner sobre la mesa algo que incomoda bastante más que el propio suceso. Ese automatismo casi mecánico de sacar el móvil y empezar a grabar antes incluso de entender qué está pasando. No hablamos de maldad. Hablamos de reflejos. De cómo, sin darnos cuenta, el teléfono se ha convertido en una prolongación de la mano y del cerebro. Pasa algo grave y el gesto es inmediato: desbloquear pantalla, cámara, grabar. Después ya veremos. Lo curioso es que ese reflejo aparece incluso cuando lo lógico sería exactamente lo contrario. Alejarse, buscar una salida, avisar, ayudar si se puede. Pero no. Primero el vídeo. Como si grabar fuera una forma de participar. O de protegerse. O de demostrar que uno estuvo allí. En Suiza no somos ajenos a esto. Pasa en accidentes de tráfico, en peleas, en emergencias médicas y en cualquier situación fuera de lo normal. Gente rodeando una escena, móviles en alto, creando además un problema añadido para los servicios de emergencia. Hay quien dice que es para informar, para denunciar, para tener pruebas. A veces será verdad. Muchas otras, no. Es puro automatismo. Un hábito aprendido a base de redes sociales, likes y vídeos virales. Primero grabar, luego pensar. Si es que se piensa. Lo preocupante no es el vídeo en sí. Es lo que desplaza. Ese segundo que no corres. Ese segundo que no ayudas a otro a levantarse. Ese segundo que bloquea una salida o estorba a quien sí está intentando hacer algo útil. No se trata de moralizar ni de señalar con el dedo. Se trata de preguntarnos qué estamos entrenando como sociedad. Porque los reflejos no aparecen solos. Se construyen. Y ahora mismo estamos entrenando el de grabar. Quizá va siendo hora de reaprender otro gesto automático. Ante el peligro, primero vivir. Luego, si hace falta, ya hablaremos de vídeos.
Cuando el primer reflejo no es huir ni ayudar, sino grabar
Lo ocurrido en Crans-Montana ha vuelto a poner sobre la mesa algo que incomoda bastante más que el propio suceso.