Seguro que todos la habéis bailado alguna vez. En una boda, una fiesta de pueblo, un après-ski o una noche en la que ya daba un poco igual todo. La de los brazos como alas, el culito para un lado y para otro y la risa colectiva. Pues bien, esa canción tan simple, tan pegajosa y tan universal… es suiza. La famosa Danza de los Patos fue compuesta por Werner Thomas, un acordeonista del cantón de Turgovia, en los años 50. Nada de grandes discográficas ni estudios de grabación. La tocaba en bares y estaciones de esquí, para animar el ambiente después de esquiar. Música popular en el sentido más literal. Años más tarde, la melodía cayó en manos de productores extranjeros y ahí empezó el desmadre. Cambió de nombre según el país: Chicken Dance, Birdie Song, Baile de los Pajaritos… y acabó sonando en más de 40 países. Se calcula que es el mayor éxito musical internacional jamás exportado por Suiza. Casi nada. Lo curioso es que, mientras medio mundo la bailaba, su creador seguía viviendo de forma bastante discreta. Incluso llegó a decir que algunas versiones modernas no le gustaban nada. Demasiado ruido, demasiado electrónico. Él la había pensado para acordeón, cerveza y risas, no para discotecas. Moraleja suiza del día: este país no solo exporta relojes, chocolate y bancos. También exporta canciones absurdamente simples que unen a generaciones enteras en la pista de baile. Y eso, sinceramente, también tiene mérito. La próxima vez que suene, ya sabéis. No es kitsch. Es patrimonio cultural suizo no oficial.
La danza de los patos no es alemana, ni francesa, ni española. Es suiza.
Seguro que todos la habéis bailado alguna vez. En una boda, una fiesta de pueblo, un après-ski o una noche en la que ya daba un poco igual todo.