Otra vez no. Suiza vuelve a decir “todavía no” al derecho de voto de los extranjeros

En los referéndums locales celebrados en noviembre, dos cantones suizos rechazaron conceder el derecho de voto a los residentes extranjeros de larga duración.

En los referéndums locales celebrados en noviembre, dos cantones suizos rechazaron conceder el derecho de voto a los residentes extranjeros de larga duración. Personas que llevan años, a veces décadas, viviendo aquí, trabajando, pagando impuestos, criando hijos… pero que siguen quedándose fuera cuando toca votar. No es algo nuevo. De hecho, es casi una tradición. Cada cierto tiempo el tema vuelve a la mesa, se debate, se vota… y se rechaza. Con matices, con porcentajes más o menos ajustados, pero el resultado suele ser el mismo. Y eso, para muchos, empieza a generar bastante frustración. El argumento que más se repite es conocido: el derecho de voto debe ir ligado a la nacionalidad. Si quieres votar, naturalízate. En teoría suena lógico. En la práctica, no siempre lo es tanto. La naturalización en Suiza no es automática ni rápida, depende del cantón y del municipio, cuesta dinero y tiempo, y no todo el mundo quiere o puede dar ese paso, aunque su vida esté completamente aquí. Mientras tanto, hay miles de residentes extranjeros que participan en la economía, en asociaciones, en la escuela de sus hijos, en la vida del barrio… pero no en las urnas. Y eso choca especialmente cuando hablamos de decisiones locales, comunales, muy concretas, que afectan al día a día. También hay que decirlo: Suiza es extremadamente prudente con cualquier cambio institucional. La democracia directa se protege como oro en paño, y cualquier ampliación de derechos políticos se mira con lupa. No es solo una cuestión de extranjeros sí o no, es un reflejo de una cultura política muy conservadora en este aspecto. El resultado de noviembre confirma una tendencia clara. La apertura avanza, pero a paso de caracol. Y para quien lleva años aquí, con permiso C, con una vida completamente suiza salvo el pasaporte, el mensaje se siente bastante frío. No es una crítica fácil ni un blanco o negro. Es más bien una constatación. En Suiza, integrarse no siempre significa participar. Al menos, no todavía.