En Suiza, cuando se habla de “référendum” o de “initiative populaire”, todo empieza siempre en el mismo punto: las firmas. Y ojo, que aquí no vale cualquier firma ni cualquier papel. Los suizos son cuadriculados para estas cosas.
Primero, la fase de recogida
La gente que impulsa el referéndum o la iniciativa sale a la calle, pasa por los mercados, estaciones, centros comerciales y recoge firmas de ciudadanos con derecho a voto. Nada nuevo.
Validez de las firmas
Una vez se entregan los formularios, cada comuna revisa una por una. Comprueban tres cosas básicas: que la persona está inscrita en el registro electoral de la comuna, que la firma coincide con la información que tienen y que no haya firmado dos veces. Si algo falla, la firma no cuenta. Ni media vuelta, firma invalidada. Esto explica por qué a veces lees que una iniciativa reunió, por ejemplo, 120.000 firmas… pero luego el resultado oficial es 105.000 válidas. El filtro es fino. En Ginebra, por ejemplo, el servicio del contrôle des habitants hace esta verificación con bastante rigor. En comunas pequeñas suele ir más rápido, pero es igual de estricto. Cuando todas las comunas han terminado, envían sus cifras al cantón. Y el cantón transmite el total a la Confederación, que es quien da el veredicto final: Firmas válidas reunidas = el referéndum o la iniciativa sigue adelante. No llegan al mínimo = se acabó la aventura. Aquí no hay “firma por firmar”. Cada rúbrica pasa por un mini-examen administrativo antes de tener cualquier efecto. Y eso, nos guste o no, es lo que mantiene la famosa democracia directa suiza tan díficil de manipular.