El Muro de los Reformadores, otra vez en el punto de mira

Hace dos noches, en pleno Parc des Bastions, el Muro de los Reformadores amaneció teñido de rojo. No, no es que alguien quisiera darle un aire más artístico al monumento.

Hace dos noches, en pleno Parc des Bastions, el Muro de los Reformadores amaneció teñido de rojo. No, no es que alguien quisiera darle un aire más artístico al monumento. Era pintura, seguramente para evocar sangre, derramada sobre las figuras de Calvino, Farel, Bèze y Knox. Y como guinda, una pancarta con un mensaje acusando a Suiza de ser “cómplice”. La policía fue avisada temprano, la Voirie llegó para limpiar, y en pocas horas todo quedará como si nada hubiera pasado. Pero, ¿de verdad queda como si nada? El Muro no es cualquier pared. Es, junto con el Jet d’Eau, uno de los grandes símbolos de Ginebra. Lo inauguraron en 1909, en pleno 400 aniversario del nacimiento de Calvino, como homenaje a la Reforma Protestante que marcó la identidad de la ciudad. Para muchos, es casi un altar laico, donde las figuras de piedra vigilan el parque con solemnidad. Un sitio de fotos obligadas para turistas, pero también un recordatorio del papel de Ginebra en la historia europea. Por eso cada ataque deja huella, aunque la pintura se borre. No es la primera vez que el Muro se convierte en lienzo de protestas. Y siempre surge la misma pregunta: ¿qué sentido tiene ensuciar un pedazo de historia para lanzar un mensaje? ¿No sería más eficaz poner la pancarta en otro sitio y dejar tranquilos a los viejos reformadores? Quizás esa sea precisamente la intención: tocar lo intocable, manchar lo que representa seriedad, para obligar a mirar. El problema es que muchos lo ven solo como vandalismo, sin pararse a escuchar el mensaje. Sea como sea, el Muro aguanta. Lo limpiarán, volverá a estar blanco e imponente, y los turistas seguirán posando a sus pies. Pero cada mancha, aunque pasajera, nos recuerda que la memoria histórica de una ciudad no es tan intocable como pensamos.