En Lausanne, el barrio de Prélaz vivió un fin de semana y un arranque de semana de auténtico caos. Todo comenzó la noche del sábado al domingo, cuando un chico de 17 años, que circulaba en un scooter robado, murió tras perder el control y chocar contra un muro mientras huía de la policía. El accidente encendió la mecha. La primera noche, el barrio se levantó: contenedores incendiados, barricadas improvisadas, piedras, morteros y hasta cócteles molotov contra la policía. Las fuerzas del orden respondieron con gases lacrimógenos, balas de goma y cañón de agua. El lunes se repitió la escena: entre 150 y 200 personas en la calle, más incendios, un bus de los TL destrozado, y siete detenidos. Y anoche, por fin, calma. Ni disturbios ni barricadas, solo el silencio de un barrio exhausto. Eso sí, el paisaje del día después habla por sí solo: calles ennegrecidas, contenedores calcinados, restos de fuego aquí y allá. Lo material se repone rápido. Lo que no está claro es cómo se reparan la desconfianza y la rabia que quedaron. El paralelismo con lo de Francia y Naël es inevitable. Con una diferencia: en Nanterre fue un disparo policial, en Lausanne un accidente en plena huida. Pero la respuesta fue la misma: una chispa, y enseguida la calle en llamas. Hoy toca calma. Pero calma no es paz, es solo una pausa. Y en Suiza ya hemos visto que, aunque no nos guste, las banlieues también existen.
De la rabia a la calma: el caso del scooter en Lausanne
En Lausanne, el barrio de Prélaz vivió un fin de semana y un arranque de semana de auténtico caos.