Cuando el asfalto quema más que el sueldo

Muchos pensamos en Suiza como el país donde todo funciona como un reloj. Pero detrás de cada carretera perfecta, de cada acera recién asfaltada, hay personas que se dejan la piel, literalmente, para que podamos circular...

Muchos pensamos en Suiza como el país donde todo funciona como un reloj. Pero detrás de cada carretera perfecta, de cada acera recién asfaltada, hay personas que se dejan la piel, literalmente, para que podamos circular cómodos. Un obrero de la construcción contó recientemente lo que significa trabajar en la vía pública en pleno verano: 35 grados bajo el sol, con uniforme completo, pantalones largos y botas. Una jornada de esas deja el cuerpo tan destrozado que al llegar a casa ni apetito queda para cenar. ¿Y qué protección existe frente a este calor extremo? Básicamente ninguna. Aquí no hay “permiso especial por ola de calor". Solo en el Tesino, y bajo condiciones muy precisas, pueden mandar a los obreros a casa antes. En el resto del país, lo que se aplica son simples recomendaciones: la Suva aconseja 15 minutos de pausa por hora cuando se superan los 33 °C. En la práctica, los jefes lo ven como un chiste. Si pides insistentemente, igual te dan media horita, y con cara de favor. La ironía es que al mismo tiempo, otras normas se imponen a rajatabla: pantalones largos obligatorios, aunque te estés asando. Y otras, las que realmente salvan vidas, se ignoran cuando nadie mira: guantes que no se usan, zanjas sin protección… y la presión constante de “el que se queja es débil”. Una vez, un trabajador se negó a bajar a una trinchera de cinco metros sin asegurar porque, literalmente, se jugaba la vida. No todos tienen esa opción: muchos callan y obedecen. A todo esto se suma lo social. El desprecio de ciertos transeúntes que, desde el aire acondicionado de su oficina, miran mal porque la calle está cortada. Jefes que hacen comentarios racistas “de broma”, o que preguntan de dónde vienes “realmente” solo por tu nombre. El racismo cotidiano, silencioso, que desgasta tanto como el calor. Hace unos años todavía quedaban gestos de reconocimiento: un café caliente en invierno, un helado en verano, un “gracias” de un vecino mayor que valoraba el esfuerzo. Hoy, dice, esos gestos son cada vez más raros. Y se nota: el trabajo pierde atractivo, los jóvenes ya no quieren entrar en este oficio. Demasiada mugre, demasiada presión, poco respeto. Y sin embargo, a pesar de todo, queda algo de orgullo: el de mirar una carretera y decir “yo la hice”. Eso no se lo quita nadie. Pero incluso ese orgullo necesita oxígeno. Porque un oficio tan esencial debería tener más pausas, más protección y, sobre todo, más respeto. Quizá la próxima vez que crucemos un tramo en obras, en vez de maldecir por el atasco, convenga recordar que esa carretera alguien la está construyendo bajo 40 grados, con el sudor cayéndole a chorros. Y que detrás del asfalto hay personas, no solo máquinas.