¿El juramento del Grütli? Pues... ni mito ni realidad, sino un poco de todo

Seguro que si llevas un tiempo en Suiza has oído hablar del famoso Juramento del Grütli.

Seguro que si llevas un tiempo en Suiza has oído hablar del famoso Juramento del Grütli. Ese pacto solemne entre tres hombres (uno por cada cantón fundador: Uri, Schwyz y Unterwald) que, allá por 1291, se reunieron bajo la luna para prometerse fidelidad mutua y luchar contra los Habsburgo. ¿Suena épico, verdad? De película. Y de hecho lo es, pero en el sentido literal: la historia que muchos suizos conocen y que incluso se enseña en las escuelas, sale directamente de una obra de teatro. Sí, lo que muchos creen como un hecho histórico fue, en realidad, imaginado por Friedrich Schiller en 1804 para su obra Guillermo Tell. Y claro, como buen dramaturgo alemán, no escatimó en simbolismo ni emoción. El problema vino después: la ficción se mezcló con la necesidad de una identidad nacional suiza, y ese juramento empezó a tomar tintes de "fundación oficial de Suiza". Pero si vamos a los documentos reales (sí, esos que no tienen fuegos artificiales ni diálogos inspiradores), el llamado "Pacto Federal de 1291" existe, sí, pero no menciona ningún juramento ni ningún encuentro en Grütli. Habla de colaboración entre comunidades vecinas para mantener la paz y proteger sus intereses. Vamos, un acuerdo práctico más que un grito de libertad. Entonces, ¿es mentira? Tampoco. Es un mito fundacional, como muchos países tienen. Una historia que une, que da sentido a un pasado común y que ayuda a forjar eso que llaman “identidad nacional”. Y oye, para un país tan diverso como Suiza, con 4 lenguas oficiales y un sistema político que es más complejo que un reloj suizo, tener un relato compartido no viene mal. Hoy en día, el prado del Grütli sigue siendo un lugar simbólico. Ahí es donde cada 1 de agosto (cuando no hay pandemia ni incendios forestales), políticos y ciudadanos se reúnen para celebrar el día nacional. Se agitan banderas, se hacen discursos, se comen salchichas. Pero se hace con la consciencia de que lo que se celebra no es tanto un hecho histórico, sino una idea de Suiza. Así que la próxima vez que escuches hablar del juramento del Grütli, recuerda: no fue exactamente así... pero tampoco importa tanto. Porque al final, como buenos suizos, se trata más de los hechos que de las palabras. Y el hecho es que este país funciona, aunque naciera de una leyenda teatral.