La lucha suiza: más allá de los calzoncillos de yute y la aserrín

Si llevas un tiempo en Suiza y aún no has oído hablar del Schwingen, es que te estás perdiendo una parte muy suiza… y muy peculiar.

Si llevas un tiempo en Suiza y aún no has oído hablar del Schwingen, es que te estás perdiendo una parte muy suiza… y muy peculiar. La lucha suiza, o Schwingen en alemán, es una especie de lucha libre campestre, versión Heidi con músculos. Dos hombres (porque sí, sigue siendo un deporte casi exclusivamente masculino, aunque ya hay mujeres luchadoras, pero sin tanta visibilidad) se agarran por unos pantalones especiales hechos de yute (sí, como las sacas de patatas) y tratan de tirarse al suelo sobre un círculo de aserrín. ¿Y cómo se gana? Pues el objetivo es que el contrincante toque el suelo con la espalda. Nada de técnicas de judo o llaves complicadas. Aquí es fuerza bruta, equilibrio y mucha tradición. El árbitro no lleva silbato ni tarjetas, lleva sombrero de alpino y una mirada que impone más que cualquier VAR. ¿Folclore o competición seria? Las dos cosas. El Schwingen se toma muy en serio. Hay rankings, torneos y hasta un evento nacional, el Eidgenössisches Schwing- und Älplerfest, que cada tres años moviliza a medio país. Es como el Mundial... pero con vacas, salchichas y mucha cerveza artesanal. El campeón recibe una corona de laurel (sí, como en la Antigua Roma) y, si hay suerte, una vaca como premio. ¿Y esto se entrena? Claro. Hay gimnasios específicos, técnicas y toda una cultura. Algunos lo combinan con trabajos físicos, como agricultores o carpinteros, otros lo hacen a nivel semiprofesional. Los verdaderos cracks son ídolos locales, casi tan famosos como Federer en su cantón. ¿Y los españoles? Pues que yo sepa, aún no hay ningún schwinger con nombre terminado en -ez. Pero nunca digas nunca. Aquí no se discrimina por pasaporte, solo por lo fuerte que seas y si sabes lanzarte con estilo al aserrín. Dato curioso: antes de luchar, los rivales se dan la mano. Y cuando uno gana, le quita con la mano el serrín de la espalda al otro, como muestra de respeto. Tradición, fuerza y deportividad. Algo que, sinceramente, ya quisiéramos ver más a menudo en otros ámbitos. Así que si alguna vez te invitan a ver un combate de lucha suiza, no digas que no. Es pintoresco, suena raro… pero es 100% suizo. Y oye, entre tanta burocracia, alquileres imposibles y discusiones sobre permisos, no viene mal recordar que también hay cosas aquí que hacen sonreír.