A principios de 2025, la administración Trump impuso aranceles del 39% sobre las exportaciones suizas a Estados Unidos, uno de los porcentajes más altos de toda Europa. Para un país cuya economía depende en gran medida de las exportaciones farmacéuticas, de relojería, maquinaria de precisión e instrumentos médicos, el golpe fue notable. Hay cierta ironía en que Suiza, un país neutral que lleva siglos sin meterse en guerras de nadie, se convirtiera de repente en uno de los "enemigos comerciales" favoritos de Washington.
El Gobierno suizo negoció y consiguió una rebaja al 15%, situándose al mismo nivel que la Unión Europea. El acuerdo es un alivio relativo: los sectores más expuestos, especialmente el farmacéutico con Roche y Novartis a la cabeza, pueden respirar algo mejor, pero los contratos suspendidos, las inversiones paralizadas y los proyectos postergados durante los meses de incertidumbre no se recuperan con un anuncio. El KOF (el instituto de coyuntura del ETH) prevé un crecimiento del 0,9% para 2026, con posibilidad de superar el 1% gracias a la reducción arancelaria. No es un desastre, pero tampoco es la Suiza invulnerable que mucha gente imagina.
Para quienes trabajan en los sectores afectados, esto se traduce en algo muy concreto: menos contrataciones, mayor presión sobre la productividad y, en algunos casos, reestructuraciones que ya se están produciendo. La industria farmacéutica de los cantones de Basilea y Zurich emplea a un número importante de españoles. La relojería en el Arco Jura también. Si tu sector exporta a Estados Unidos, lo que pasa en Washington te afecta más de lo que parece desde el mostrador de tu empresa.
El episodio confirma algo que conviene tener claro: Suiza es una economía abierta, muy dependiente de sus relaciones comerciales, y la estabilidad que se respira aquí en el día a día no significa impermeabilidad frente a las turbulencias globales. Es un país pequeño con una exposición exterior enorme.