El jueves por la noche, el Kongresshaus de Zurich acogió la 36ª edición de los premios Ig Nobel. Para quien no los conozca: son los premios de ciencia que honran investigaciones que primero hacen reír, y luego hacen pensar. Robots que roban golosinas, urinarios que no salpican, la definición exacta de un beso. Cosas así. Durante 35 años, la ceremonia se celebró siempre en la Universidad de Harvard, con premios Nobel de verdad entregando los galardones. Este año el tema fue los hongos, los laureados reales iban disfrazados de setas, y todo sucedió en Suiza.
El traslado no fue por capricho. Los organizadores lo dijeron sin rodeos: cada vez es más difícil para investigadores y periodistas internacionales conseguir visado para entrar en Estados Unidos. La situación política ha complicado tanto los desplazamientos que decidieron mover la ceremonia a Europa. Y Zurich fue la ciudad elegida. La sede alternará a partir de ahora: el año que viene Amberes, luego Zurich en 2028 y en todos los años pares siguientes.
Zurich como refugio de la ciencia libre. No es la primera vez que Suiza acaba siendo el lugar donde algo que en otro sitio ya no es tan fácil encuentre su hueco. La neutralidad tiene sus ventajas, y los Ig Nobel lo acaban de descubrir.