En la noche del sábado al domingo, en el hipódromo del Schachen de Aarau, alguien disparó en medio de una rave de 3.500 personas. Los disparos sonaron hacia las 2h30 de la madrugada. Al principio, algunos pensaron que eran fuegos artificiales. Hasta que alguien gritó "¡Todos al suelo!" y la gente empezó a entender lo que pasaba.
Una mujer joven, italiana, 22 años, que vivía y trabajaba en Suiza, murió. Otras cinco personas resultaron heridas, entre ellas dos italianos más. La policía cortó la zona y se mantuvo en alerta durante horas porque los autores seguían sin localizarse. No hubo detenciones inmediatas.
El caso llegó muy lejos en pocas horas. El gobierno italiano reaccionó públicamente. El ministro Cassis llamó a su homólogo Tajani para trasladarle las condolencias del Consejo Federal. La presidenta del Consejo italiano, Giorgia Meloni, habló de la víctima en redes sociales. Italia envió una task force y representantes de la embajada italiana en Berna se desplazaron a Aarau.
Es una noticia que pesa. No solo por la brutalidad de lo ocurrido, sino porque la víctima era exactamente el tipo de persona que hay en este grupo: alguien que había emigrado, que trabajaba aquí, que tenía su vida montada en Suiza. Eso hace que golpee diferente.