La primera vez que alguien que llega de España oye hablar del "AG", no sabe muy bien qué es. Cuando le explican que es un abono anual que incluye trenes, metro, tranvía, autobuses, barcos lacustres, teleféricos y funiculares de prácticamente todo el país, la reacción suele ser de interés. Cuando le dicen el precio, la conversación cambia. El Abonnement Général cuesta en 2026 unos 3.995 francos en segunda clase, y en 2027 subirá a 4.095 francos. No es una rareza de ejecutivos: lo tienen muchos trabajadores, familias y estudiantes que se desplazan a diario.
Esta semana se supo que el Surveillant des prix, el regulador suizo de precios independiente, consiguió reducir a la mitad la subida prevista para 2027. Los CFF y SwissPass querían subir el AG en 200 francos. Finalmente subirá 100. Lo que el regulador vendió como una victoria para los consumidores, la Asociación Transporte y Medioambiente lo calificó de "correcciones cosméticas". Tienen razón en los dos sentidos: es una mejora real, y el precio sigue siendo elevado comparado con cualquier estándar europeo. Los CFF también se comprometieron a ofrecer más billetes con descuento en 2027, con un volumen mínimo de 90 millones de francos en rebajas.
La pregunta que se hacen muchos españoles al llegar es si el AG vale la pena. La respuesta depende de cómo vivas y trabajes. Si te desplazas a diario entre dos ciudades, si viajas con frecuencia por trabajo o si usas el transporte público como principal medio de movimiento, el coste mensual equivale a unos 340 francos. En ese escenario el AG es razonable y en algunos casos sale más barato que pagar trayectos sueltos. Si vives y trabajas en el mismo lugar y no te mueves mucho, el demi-tarif a 175 francos al año con el 50% de descuento en casi todo es probablemente más sensato.
Lo que sí sorprende a quien llega de fuera es que en Suiza el transporte público no es barato por defecto. Que sea tan puntual, tan frecuente y tan bien integrado tiene un coste, y una parte considerable de ese coste la pagan los usuarios directamente. Suiza invierte cantidades enormes en infraestructura ferroviaria, pero no la subvenciona tanto como otros países europeos. Y eso se nota en el recibo.