Llevas años en Suiza, vuelves a España este agosto y algo no encaja. No es nostalgia exactamente. Es que ya eres de otro sitio

Pasa en agosto. Llegas a España, ves a la familia, comes bien, hace calor y todo parece perfecto los primeros días. Y entonces ocurre algo pequeño:…

Pasa en agosto. Llegas a España, ves a la familia, comes bien, hace calor y todo parece perfecto los primeros días. Y entonces ocurre algo pequeño: una cola en la que nadie respeta el orden. Una oficina que cierra a mediodía y no vuelve hasta las cinco. El médico que no tiene hora hasta dentro de tres semanas. Una conversación a las once de la noche como si fuera la tarde. Y sin querer, te sorprendes pensando: "En Suiza esto no pasaría." Y luego te avergüenzas un poco de haberlo pensado.

No es que Suiza sea mejor. Es que te has acostumbrado a su manera de funcionar. El tren que llega cuando pone. La carta que llega cuando la mandan. La cita que empieza y termina a su hora. Cuando llevas años con ese ritmo, España puede resultar intensa. Y lo curioso es que diez años atrás tú eras de los que decían que Suiza era aburrida.

Lo que nadie te cuenta al emigrar es que no hay vuelta atrás perfecta. Después de un tiempo aquí, ya no eres exactamente de allá. Pero tampoco eres del todo de aquí. Tus hijos dicen "casa" y piensan en el piso de Berna o de Lausana, aunque hayan nacido en Murcia. Cambias de código sin darte cuenta, entre el español de aquí y el de allá, y hay expresiones que ya no te salen igual o que la gente de allá ya no usa. La vida de tu pueblo ha seguido mientras tú te perdías diez años de conversaciones cotidianas, y ellos tampoco han seguido los tuyos. Hay un desfase que no se cierra del todo.

Es un sitio raro en el que vivir. No tiene nombre en el mapa. Pero en este grupo lo reconoces al instante cuando alguien lo cuenta.