Hay un momento, difícil de fechar con precisión, en que te das cuenta de que has adoptado costumbres suizas sin haberlo decidido conscientemente. No fue un proceso. No fue un esfuerzo de integración. Simplemente pasó.
Uno de los ejemplos más reconocibles: entras a una farmacia, a la panadería o al supermercado, y al salir dices "merci, tschüss". Con total naturalidad. En alemán o en francés, dependiendo de dónde vivas. Y lo dices aunque en casa sigas hablando castellano. Es uno de esos reflejos que el entorno te instala sin pedirte permiso. Como decir "bitte" cuando alguien te da las gracias, o hacer la cola sin que nadie te lo pida, o bajar la voz automáticamente en el vagón del tren.
Lo curioso es que esto no ocurre solo con el idioma. Hay una manera de estar en los espacios públicos, de gestionar el tiempo y la puntualidad, de manejar los conflictos (poco, por escrito, sin aspavientos) que muchos españoles que llevan años aquí han interiorizado sin que les resulte forzado. No significa que hayas dejado de ser quien eras. Significa que convives con dos formas de hacer las cosas y que según el contexto activas una u otra. A veces sin darte cuenta.
Y cuando vas a España en agosto y ves que la cola del supermercado no es exactamente una cola, o que el fontanero llega una hora más tarde de lo acordado y nadie parece especialmente alterado, te sorprendes a ti mismo sintiéndote un poco fuera de lugar. Ese pequeño extrañamiento no es traición a tus raíces. Es lo que pasa cuando llevas años funcionando en otro sistema.