El primer día todo va bien. La comida, la familia, el sol, los precios del bar que siguen siendo la mitad que en Ginebra o Zurich. El segundo día empiezas a notar cosas. No grandes cosas, pequeñas. El restaurante donde has quedado a las dos pone la comida a las tres menos cuarto y a nadie le parece raro. El empleado de una ventanilla tiene el móvil sobre la mesa y lo mira mientras te explica algo. El camión de basura pasa a las once de la noche con un ruido que en tu edificio suizo habría generado una nota en el buzón y posiblemente una reunión de vecinos.
Y en algún momento del viaje te pasa algo raro: ya no sabes con certeza quién ha cambiado. Si es España o si eres tú. Llevas años viviendo en un sistema donde las cosas funcionan de una manera concreta, donde los horarios son los que son, donde el vecino del segundo sabe exactamente cuándo empieza el silencio nocturno. Ese sistema ha reconfigurado lo que tu cerebro considera normal. No es una crítica a España. Es simplemente lo que pasa cuando vives mucho tiempo fuera: el termómetro de referencia se mueve.
Pero también pasa lo contrario. Que de repente extrañas el ruido. Que el camarero que se sienta contigo un momento a charlar porque está tranquilo te parece más humano que el servicio eficiente del restaurante de Berna. Que el ritmo de aquí, que siempre te resultaba caótico, ahora te parece vivo. Que la familia, que veías menos de lo que querías, resulta que es el centro de todo. Que en algún momento de esas vacaciones, sin planearlo, piensas que aquí también podrías vivir.
Muchos del grupo están de vacaciones en España estas semanas. Es el momento exacto en que pasan estas cosas. El choque cultural no solo existe cuando llegas a Suiza. Existe también cuando vuelves, aunque sea por un mes.