El hombre tiene 52 años, vive en Argovia y tiene algo en común con mucha gente: no le gustan los radares. La diferencia es que él hizo algo al respecto. Entre 2023 y 2024 se fue paseando por la ciudad de Zúrich con un bote de cola en spray y fue vaciándolo metódicamente sobre los objetivos de más de cuarenta radares, dejándolos inutilizados. En paralelo, destrozó pantallas de parquímetros, bloqueó entradas y salidas de aparcamientos colocando barreras, y causó daños en buzones y vehículos privados. 54 infracciones en total. Los daños materiales superan varias centenas de miles de francos.
El tribunal lo condenó a dos años de prisión. Pero en Suiza, las cosas tienen su manera de funcionar: la pena quedó suspendida a cambio de seguimiento terapéutico. Más una multa de 2.000 francos. Alguien que causó cientos de miles de francos en daños públicos y privados paga 2.000 francos y se va a terapia. Los comentarios en los foros suizos están siendo predecibles.
El caso tiene algo que hace pensar. El hombre no robaba, no amenazaba a nadie, no tenía motivación económica aparente. Solo neutralizaba radares. En Zúrich, donde los aparatos están en cada esquina y las multas llegan con puntualidad helvética, no parece que le faltara motivación. El problema es que el método no era exactamente legal. Y si te pillan 54 veces, tampoco demasiado efectivo.